Empleamos ahora la palabra ejercicio en su acepción simplicísima de movimiento, locomoción. Y afirmamos que en el hombre el ejercicio es necesario, y que esta necesidad redunda en bienestar para todo su organismo.
Caminatas y paseos
Todos hacemos ejercicio, salvo los impedidos físicamente, pero lo que tenemos que indagar es si el ejercicio que hacemos es el adecuado, si es también el suficiente, y si las condiciones en que lo hacemos son las propias y convenientes para que rindan sus frutos.
La vida moderna supone en general desplazamientos, pero también la civilización ha procurado y sigue procurando continuamente evitarnos las mayores molestias. Hoy día el valor del tiempo aumenta constantemente. Se desea llegar con rapidez y sin esfuerzo alguno a todas partes. Si se puede ir en tranvía o autobús en vez de caminando, así lo hacemos; y si podemos trasladarnos de un lugar a otro en avión, lo preferimos al tren. Los ascensores, las escaleras mecánicas nos evitan las ascensiones fatigosas. Todo eso está muy bien. El tiempo es oro. Pero nuestra salud es más que oro. El oro, el dinero, se puede perder, pero también recuperarse. La salud, único tesoro de que disponemos con absoluta propiedad, una vez perdida es difícil recuperarla. A veces, imposible.
En la vida moderna hemos de saber aunar la pérdida del tiempo con el beneficio para nuestra salud. No es pérdida de tiempo todo lo que así juzgamos, y muchas veces es preferible ir a pie a un sitio, y andar unas cuantas manzanas, a tomar un tranvía o un automóvil. El mero andar por las calles, el desplazarse a pie durante el día para ir a almorzar o a comer a nuestra casa es ya un buen hábito que desentumece los músculos, facilita la circulación y distrae el espíritu. Los hombres y mujeres de vida sedentaria han de aprender a aprovechar el mayor número de ocasiones posibles de andar, de ir a pie de un sitio a otro.
Aparte del andar diario, hemos de dedicar los días de fiesta o de vacación a dar algunas caminatas, o por lo menos algún que otro paseo.
Pasear por el campo, por las afueras de las grandes ciudades, donde el aire suele ser más puro, o a orillas de ríos o del mar, en los días de fiesta o de descanso semanales, es vivifican te para el espíritu y tonifica y desintoxica el organismo.
El paseo es ejercicio corporal moderado y agradable. Durante él podemos sostener las conversaciones que más recreen nuestro espíritu, al mismo tiempo que la visión del paisaje, la variedad de tonos y colores, la diversidad de sonidos, de gente, de lugares que contemplamos al pasar, son otros tantos me" dios de eliminar toxinas orgánicas, emocionales y psíquicas de nuestro ser.
La caminata difiere del paseo en cuanto a su velocidad, puesto que caminamos más rápidamente; en cuanto a su objetivo, ya que se trata de visitar determinado lugar o paraje, y en cuan. to a su efecto, que no sólo es el de recrear el espíritu, sino también el de fatigar y cansar moderadamente nuestro organismo. Es muy saludable efectuar de vez en cuando caminatas hasta sentir un poco de cansancio, sobre todo para aquellas personas que ya están entrenadas en el ejercicio físico, pero cuya vida habitual es sedentaria. Estas caminatas o excursiones hacen que las grasas superfluas se quemen, que los poros de la epidermis se abran y purifiquen, que la sangre irrigue mejor nuestro organismo, que el sistema nervioso se tonifique y que los sentidos se agudicen más por la percepción de sensaciones poco comunes.
En fin, tenemos que movernos. Aprovechemos todas las ocasiones que se pre¬senten para poder hacerla. Si tenemos automóvil, que éste nos sirva para llevarnos al campo, a la playa o a la montaña, pero una vez alli usemos de nuestras piernas. Andemos y corramos, pues esos ejercicios de vez en cuando son como una ducha para nuestros músculos, para nuestro sistema sanguíneo, respiratorio y nervioso.
La constancia en el ejercicio tiene más fuerza que la gota de agua que llega a horadar la piedra. Si pudiéramos percatarnos de la importancia que tienen para nuestra salud unos minutos de gimnasia diaria, practicados con constancia, nadie, absolutamente nadie, dejaría de hacerla.
No pongamos como disculpa las muchas ocupaciones, el trabajo agotador, la falta de tiempo, la carencia de lugar adecuado, y otras mil que la pereza o la desgana suelen imaginar más que exponer con verdad.
No todas las personas pueden ni deben hacer los mismos ejercicios ni practicar idénticos deportes, pero se pueden establecer unas normas aplicables al individuo normal. Ahora bien, como el hombre y la mujer tienen constituciones un tanto diversas, distinguiremos los ejercicios que unos y otras pueden practicar, dando, claro es, preferencia a los del hombre, por ser su constitución más fuerte.
Toda persona, por muy ocupada que esté, puede, sin detrimento de su trabajo, pero con beneficio evidente para su salud, dedicar de cinco a diez minutos diarios a mover todos los músculos de su cuerpo.
El trajín de la vida diaria, el ejercicio que habitualmente hacemos para ir a nuestras ocupaciones o pasearnos por la ciudad no son lo suficientemente completos ni violentos para que nuestros músculos y órganos se muevan.
Se requiere, pues, que dediquemos una parte bien insignificante del día a dar un poco de masaje a los órganos internos y aun a los externos que no se mueven habitualmente. Eso lo lograremos con un método de gimnasia cientí-fico, breve, agradable y fácil de llevar a cabo.
Observaciones que conviene tener en cuenta. - Antes de comenzar un curso de gimnasia o ejercicio conviene observar lo siguiente:
1- Tiene mayor importancia que los ejercicios en sí mismos el modo como los hagamos.
2- Saber combinar aquéllos con la respiración es esencialísimo para lograr un fruto adecuado.
3- No se necesita ir a un gimnasio o a un campo de deportes para practicar los diez minutos de gimnasia diaria: en nuestra propia alcoba o habitación, despejándola un poco de muebles, podremos, con la ventana abierta y despojados de toda ropa, hacer debidamente la gimnasia.
4- Después de los ejercicios conviene tomar un baño de agua caliente, llamado de limpieza, terminando con una du¬cha breve de agua fría. Si nos acostum¬bramos a esta práctica durante el verano, podremos seguirla haciendo en el invierno sin sentir para nada frío.
El ejercicio en vacaciones
La época más propia para hacer ejercicio es la temporada de vacaciones. No se pueden dar consejos generales ni reglas absolutas. La persona que tenga una profesión, oficio u ocupación que le obligue a andar la mayor parte del día, evidentemente deseará las vacaciones para descansar. Pero lo más extraño y peor del caso, es que aquel cuya vida durante el año ha sido sedentaria, también muchas veces espera las vacaciones sólo por descansar.
Cuando pensamos serenamente en esto, realmente tenemos que confesar que somos muy poco lógicos. Pero la vida sedentaria crea un hábito tal a la perseverancia en la misma, que se necesita una dosis de voluntad muy grande para torcer esa línea muelle y cómoda, generalmente curva, por otra infinitamente quebrada.
El descanso, por lo tanto, es distinto para unos y para otros. Como la mayoría de las personas, posibles lectores de estos cursos, son o estudiantes, o profesionales, u hombres de empresas o negocios, es decir, gente toda dedicada a una vida más o menos sedentaria, estas líneas se dirigen en especial a ellos.
El descanso de los sujetos de vida sedentaria consiste precisamente en hacer descansar los órganos que más trabajaron durante el año, y ejercitar, sin rendir, los otros, un tanto entumecidos.
Generalmente no se puede romper de una manera absoluta y violenta la costumbre adquirida; por eso tampoco se ha de creer que, en época de vacaciones, los que se dedican durante el resto del año a la vida sedentaria o intelectual, deben entregarse de lleno y sin tasa a todo género de deportes, de ejercicios y de excursiones agotadoras. Esto no sería descansar; esto sería romper el equilibrio de una manera violenta. Sería como llenar con un liquido casi hirviendo un vaso de vidrio que ha contenido hasta ese momento agua casi helada: se quebraría.
La transición, pues, ha de ser gradual. Hay que desalojar de la mente las preocupaciones y los fines u objetos que anidaron durante casi todo un año, mas hay que rellenar ese hueco. Por eso resulta muy conveniente dedicar en parte el tiempo de vacaciones a una actividad un tanto intelectual, pero suave. Por ejemplo, hay personas que durante todo el año no han tenido ocasión, por sus ocupaciones, de tener en las manos un pincel, aun sabiendo pintar, o de tocar un instrumento de música, aunque sean virtuosos de la misma. Pues bien, en vacaciones, ésa sería una manera de descanso intelectual: variando la ocupación de la mente en algo que nos atraiga y que sea suave para el espíritu.
En cambio, en cuanto a ejercicio corporal, debemos durante esa época dedicarnos a él gradualmente. Es el tiempo que nos destina la vida para acumular reservas de aire, de luz, de sol, de imágenes de paisajes nuevos, de percepcio¬nes de la vida natural, de ruidos, de rit-mos, de armonías, de que la ciudad carece. Es la época en que cada uno ha de practicar el deporte que más le agrade: gradualmente, con tino. sin agotamientos. Porque todos deberíamos conocer o gustar el ejercicio de alguna determinada actividad deportiva.
Finalmente, las vacaciones son la época en que no sólo el cuerpo se tonifica, sino el espíritu se vivifica, ya que la verdadera cultura física, como hemos repetido varias veces, consiste en el armónico equilibrio de nuestro cuerpo, con todo el complejo de órganos y sentidos, y del espíritu, es decir, de nuestra mente y de nuestra voluntad.